El
nombre de A Costa da Morte está directamente vinculado
a los naufragios. Aún perviven en la memoria de los más
viejos, pasando a formar parte de sus vivencias y creando un
sentimiento colectivo hacia este tipo de sucesos que resulta
difícil de comprender para una persona que no está
en contacto con el mundo del mar.
La proyección exterior de A Costa da Morte, se debe,
en gran medida, a las noticias que los medios de comunicación
dieron sobre estos tristes acontecimientos que, con el paso
del tiempo, ya se convirtieron en un atractivo turístico
más de la comarca.
El
profesor de Camelle (municipio de Camariñas), José
Baña Heim, en compañía de un grupo de
alumnos, recorrió la costa desde O Roncudo hasta Fisterra,
en busca de datos de naufragios. Fruto de este trabajo es
su conocido libro: Costa de la Muerte, historia y anecdotario
de sus naufragios. Dividido en 11 recorridos, presenta una
lista en la que recoge un total de 148 naufragios, entre los
años 1773 y 1987, incluyendo en ella el tipo de carga
y el número de víctimas de cada catástrofe.
Igualmente destacamos NÁUFRAGOS DE ANTAÑO, de
Juan Campos Calvo-Sotelo. Este libro relata los naufragios
más destacados desde 1835 a 1897 entre la isla de Sálvora
y el puerto de la Coruña: una zona de intenso tráfico
marítimo –ruta del imperio británico en
su momento de máxima expansión– de difícil
navegación, con numerosos arrecifes semisumergidos,
nieblas, corrientes, numerosas galernas y pobreza de señalización
sólo remediada a finales del siglo XIX.
Según se deduce, las mayores catástrofes se
produjeron en estos cinco puntos:
Bajo de O Negro,
cerca de Arou, donde sucumbió en el año 1870
el carbonero inglés Woltfrong, con un total de 28 víctimas;
y el carguero, también de bandera inglesa, City of
Agra, en el año 1897, en el que se produjeron 29 víctimas.
En este último naufragio quedó patente la colaboración
de los vecinos, proporcionando a los náufragos comida,
ropa y alojamiento. La campana de este barco aún se
conserva en la iglesia de O Espíritu Santo, de Camelle.
La
Punta do Boi fue el causante, sin lugar a
dudas, del más fatídico naufragio de toda esta
costa. La noche del 10 de noviembre de 1890, el buque acorazado
inglés Serpent, que de Plymouth, se dirigía
a Sierra Leona, embarrancó contra esta punta debido
al fuerte viento, a la poca visibilidad y a la bravura del
mar. De sus 175 tripulantes, tan sólo se salvaron tres.
El párroco de Xaviña (municipio de Camariñas),
junto con buena parte de sus parroquianos, se dirigieron al
lugar de la catástrofe para rescatar los cadáveres
que poco a poco iba echando el mar. Después de consagrar
el lugar, allí mismo le dieron enterramiento a todos
ellos, dando origen al denominado Cementerio de los Ingleses,
que aún se conserva en la actualidad, muy cerca de
la playa de Trece. Durante muchos años, los barcos
de la Marina inglesa, cuando pasaban frente a este lugar,
disparaban salvas de ordenanza. Otra vez más, como
muestra de gratitud y colaboración que los vecinos
de la zona tuvieran hacia este suceso, la Marina inglesa envió
varios regalos: una escopeta para el párroco de Xaviña,
un reloj para el señor alcalde de Camariñas
y un barómetro para el ayuntamiento.
En
este mismo lugar hubo otras dos importantes catástrofes:
la del Iris-Hull, en el año 1883, un carguero inglés
que se dirigía a la India, en el que se salvó
tan sólo un miembro, de un total de 38 tripulantes.
Según testimonios presenciales, parte de la tripulación
no se salvó por falta de medios, ya que pasaron un
día entero pidiendo auxilio, subidos a dos palos del
barco; y la del Trinacria, otro carguero inglés que
tuvo su final en el año 1893, cerca de la Punta do
Boi, muriendo 30 de los 37 tripulantes que llevaba. Sobre
este naufragio se conserva una leyenda acerca de las hazañas
de un perro que fue quien salvó al único superviviente
del barco, que para unos fue su capitán y para otros
un tripulante diferente. Sin embargo en la documentación
de la época, no se cita para nada la presencia de este
animal y se dice que hubo siete supervivientes.
La Punta da Barca,
en este saliente, que forma el extremo de la península
de Muxía, hay que destacar dos por su elevado número
de víctimas. El primero fue el carbonero español
Mina Sorriego, que desde Gijón se dirigía a
Vilagarcía de Arousa, chocando contra unos bajos el
9 de marzo de 1954, pereciendo sus 11 tripulantes; y la segunda
catástrofe, aún muy presente en la memoria de
los muxiáns, fue la del pesquero de Marín José
Antonio Lasa, que en la noche del 18 de febrero de 1966, fueron
alertados con esta triste noticia, dirigiéndose todos
los vecinos al lugar del suceso con la intención de
prestar auxilio, consiguiendo rescatar con vida tan sólo
al patrón, de un total de 12 tripulantes.
|